Soy lesbiana y os cuento mi primera experiencia anal

Soy lesbiana y os cuento mi primera experiencia anal

No soy virgen, de ninguna de las maneras en las que una mujer puede serlo. Al día de hoy, mi culito ha disfrutado con consoladores, zanahorias y, por supuesto, de una buena polla, pero mi primera experiencia anal fue con mi propio dedo corazón. Os voy a contar como fue.

Estaba sola en el piso que compartía con un par de compañeras de la universidad. Sabía que tardarían en volver, pues ambas estaban de examen, y decidí hacer una pausa en mis estudios y regalarle un buen orgazmo a fin de relajar la tensión de los exámenes. Así que puse una de las películas porno que aún hoy guardo para estos momentos de soledad, dejé las braguitas abandonadas de cualquier manera sobre el sofá y empecé a disfrutar de la película y de mi coñito embadurnado en lubricante.

En la pantalla, la rubia tetona de turno sufría los embistes salvajes del enorme miembro de su compañero y yo, que por aquel entonces sólo había estado con chicos (no podía imaginar que años después no cambiaría a mi chica por ninguna polla, por muy impresionante que ésta fuera y es que me encanta ser lesbiana y follar con mujeres), imaginaba que era mi sexo el que era penetrado, acompasando la entrada y salida de mi dedo con las embestidas del actor.

En un momento determinado, un hilillo de lubricante resbaló hasta el objeto de este relato. Lo recogí con rapidez, por miedo a que manchara el sofá, y al tocar este agujero “prohibido” me recorrió un escalofrío de excitación que me puso la piel de gallina.

Nunca antes había sentido la necesidad de explorar esta parte de mi cuerpo (y mira que había visto porno como para sentir algo de curiosidad), y ahora, de buenas a primera, me sorprendía excitada ante la posibilidad de darme satisfacción anal ¿Por qué no?, me pregunté a mí misma ¿Qué hay de malo en ello?  Estaba sola en casa; mis compañeras tardarían en volver y sabía que no podría seguir con los estudios a menos que satisfaciera mi curiosidad. Así que me desnudé por completo y empecé a juguetear con mi ano hasta que estuvo suficientemente relajado. Entonces comencé la penetración con el dedo corazón de la mano izquierda bien embadurnado en lubricante.

Fue lenta y molesta. Con la mano libre tiraba de las nalgas para facilitar la entrada de mi dedo y cuando éste estuvo completamente dentro noté cómo mi cuerpo facilitaba su salida, como si deseara expulsar de él aquel objeto extraño. No se lo permití. Me obligué a metérmelo una vez más, y otra, y otra, hasta que alcancé cierta velocidad, disfrutando con la doble sensación de ser dominadora y sumisa.

Adelanté la película hasta la escena en que una morena canija era penetrada por dos tíos a la vez, y mis dedos hicieron lo propio, estimulando mi clítoris a la vez que volvía a violentar mi culito, ya por entonces caliente y maltratado. Adquirí un ritmo salvaje en el que me llegué a encontrar doblemente penetrada y cuando los chicos de la pantalla se corrieron en la cara de la chica; cuando ésta, con el semen resbalando por su barbilla, le chupaba la polla a aquellos dos sementales sudorosos, un intenso orgasmo me hizo arquear la espalda, quedando rendida en el sofá con los dedos cansados aún dentro de mí.

Tras la ardiente explosión, temblorosa y algo escocida, tuve que ir al baño para satisfacer otro tipo de necesidades (que no contaré ya que no me pone lo escatológico), y que supongo que los iniciados han sentido alguna vez.

Ahora, si me disculpan, voy a rememorar este relato de manera más física e íntima. El mero recuerdo de aquella tarde me ha puesto tan cachonda que me resbalo de la silla.

 

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